"Coming Up", So perfect...that it's never enough!
Luego del reconocimiento recibido por “Dog Man Star”, que los convirtió en favoritos de la crítica, y tras la partida del emblemático guitarrista Bernard Butler (que comenzaría una promisoria carrera solista con su álbum debut “People Move On” un par de años más adelante), el futuro de Suede no era ciertamente incierto pero se planteaba un desafío complejo. ¿Lograrían superar la partida de este miembro en apariencia imprescindible?
Brett Anderson y el resto de la formación buscaron un reemplazante para Butler anunciando en la revista NME y de ahí es que salió Richard Oakes, un guitarrista adolescente ex fan de la banda, que también tocaba y componía. Luego se sumaría Neil Codling en los teclados: un nuevo Suede había nacido, en pleno reinado de Oasis y Blur.
El demoledor single “Trash” (co-autoría de Anderson y Oakes, al igual que todos los temas más sublimes de esta obra) sería el primer corte y la carta de presentación de un álbum que sorprendería en más de un sentido. A lo largo de 10 temas fascinantes que carecen de un solo instante de desperdicio, encontramos himnos glam-rock dignos de T-Rex, brit pop sucio, hits bailables y hasta baladas estremecedoras: la tremenda “Saturday Night” que cierra el disco es el mejor ejemplo… y así cierran, dejándonos completamente satisfechos pero con inconmensurables ganas de más. 42 minutos son, a la larga, completamente insuficientes.
Tras el excelente arranque con “Trash”, la ultra pegadiza “Filmstar” consigue con su riff una suerte de explosión que supera cualquier cúspide rockera de discos anteriores. Los gozosos excesos de melancolía pseudo depresiva de los dos primeros álbumes cambiarían a un tono más optimista en esta producción. No por eso nos privaremos de baladas plagadas de ansiedad como “By The Sea” o la asoladora “Picnic By The Motorway” (“Don't you worry, I'll buy us a bottle and we'll drink in the petrol fumes”: hoy en día y tras cientos de escuchas es mi tema favorito del disco), pero es evidente que el grado de energía transmitido en picos abrumadores como la mencionada “Filmstar” o “She” nos sitúan en otro nivel, siendo inequívocos momentos para sacudir la cabellera al ritmo que impone la batería de Simon Gilbert. El segundo corte fue la superbailable “Beautiful Ones”, que a su vez abre la segunda parte del disco. En esta segundo parte la energía se canaliza más hacia el estilo de lo que sería el Suede más clásico y donde sobrevuela sin cesar el espíritu de Bowie. Brett Anderson se encuentra en la cima de su savoir-faire y da rienda suelta a su trágico y glamoroso estilo, abusando de los “la la la” sin que eso nos moleste siquiera. Se consolidan entonces las mejores virtudes del viejo Suede y se cristalizan nuevos talentos que ahora si, colocan al buen Brett ante la difícil disyuntiva del “¿qué vamos a hacer después de esto?” (respuesta sobre la que focalizaremos en alguna otra oportunidad).
Hoy en día no sabríamos decir si “Coming Up” es el imponente disco que es por su versatilidad y contundencia, o porque es una caja contenedora de hits pocas veces vista: la mitad del álbum fueron singles que rankearon en el top 10 inglés y conforman un muestrario de lo mejor de la banda.
Como sea, se cumplen 20 años del lanzamiento de un álbum que no dudo jamás en poner entre mis 20 favoritos de todos los tiempos. Coming up… una segunda, tercera, enésima escuchada. Porque nunca será suficiente!
1/09/2016
martes, 27 de diciembre de 2016
Music Corner n° 134 - Prince
EL LADO OSCURO DE PRINCE (1958-2016)
Todo artista tendría su lado oscuro…Sino, ¿cómo podría ser un artista? Prince Rogers Nelson partió el 21 de abril de 2016. Sin ánimo de entender cómo es que algunos parten dejándonos tanto y otros que no aportan nada siguen en pie, lo cierto es que “The Artist” tuvo una producción tan copiosa como sobresaliente que lo convirtió en un referente ineludible de los espléndidos años 80, y una leyenda con posterioridad.
Entronado como el mito irreverente que indiscutiblemente fue, su música y su imagen nos remiten a la frescura de sus canciones más gancheras, que muchas veces fueron portadoras de letras fuertes, críticas y de ásperas palabras: por no decir que “the F Word” (como es conocida en otras latitudes) ha batido records de presencia en algunos de sus discos. Y aún así, un artista versátil puede un buen día arrepentirse de su pasado netamente carnal para convertirse en Testigo de Jehová, para no permitirse más el uso de insultos o letras donde el lenguaje soez se asimilaba más al de un malhablado proxeneta que utiliza a las mujeres como objetos.
Y es que no hay artista sin oscuridad. El psicoanálisis entiende que una forma de trabajar la locura en forma de psicosis, es a través del arte. Por eso tal vez muchos grandes artistas considerados clínicamente locos, gracias a esa locura crearon y deslumbraron. Y la locura implica oscuridad. Lo importante es como se sobrelleva, y si es en forma de “locura linda”, enhorabuena. Así vivió Prince desde su nacimiento discográfico hasta mediados de los años 90’s su fascinante locura: una tormenta creativa sin precedentes, un referente para todo el sonido negro de mediados de los 80’s, un constante homenaje a sus influencias, un playboy que atrapó a muchas de las mujeres más deseadas de aquellos años: Madonna, Sheena Easton, Kim Bassinger, Carmen Electra, etc, etc, etc. Multinstrumentista como pocos, fue capaz de componer, tocar, cantar y producir discos enteros, y era sabido que contaba en su haber con una amplia bóveda llena de canciones de su autoría que nunca habían visto la luz.
Capítulo aparte merece su batalla con la Warner Bros, que no le permitía editar todo el material que él deseaba, con múltiples consecuencias: convertir su nombre en un símbolo y mostrarse reiteradas veces con la palabra “Slave” (Esclavo) escrita en su rostro. “Emancipation” sería el nombre que daría a esa libertad en forma de álbum triple, aunque las cadenas se romperían definitivamente recién al finalizar el milenio. Evidentemente, The Artist Formerly Known As Prince (TAFKAP) no era un espíritu fácil de domar.
Tal vez el tormento más oscuro fue la conflictiva relación con Mayte García, su primer cónyuge. Fue un quiebre en su vida personal, coronada por la trágica muerte de su hijo Boy Gregory Nelson, condenado desde el nacimiento por una enfermedad degenerativa pulmonar. Los latidos del corazón de su único hijo quedarían inmortalizados en álbumes posteriores. Estos eventos desestabilizarían al gigoló de Minneapolis y muchos creen que esta marca sería determinante durante las siguientes dos décadas de su vida. Pero la genialidad nunca pudo ser sofocada. Aún quedaban por nacer destacados discos como “Musicology”, “3121” o “21 Nights”. Hasta el final siguió siendo el de siempre, a través de sus “HITnRUN”.
Un artista tan oscuro como negro, y tan brillante como oscuro; tan sufrido como todos y tan genial como pocos. Como un halo oscuro que irradia, su aura flotará mientras haya un mundo, a través de sus múltiples creaciones. Pero hubo una de ellas que nos recordará fiel y sencillamente quién fue: “My name is Prince and I am funky, my name is Prince: The one and only”.
12/07/2016
Todo artista tendría su lado oscuro…Sino, ¿cómo podría ser un artista? Prince Rogers Nelson partió el 21 de abril de 2016. Sin ánimo de entender cómo es que algunos parten dejándonos tanto y otros que no aportan nada siguen en pie, lo cierto es que “The Artist” tuvo una producción tan copiosa como sobresaliente que lo convirtió en un referente ineludible de los espléndidos años 80, y una leyenda con posterioridad.
Entronado como el mito irreverente que indiscutiblemente fue, su música y su imagen nos remiten a la frescura de sus canciones más gancheras, que muchas veces fueron portadoras de letras fuertes, críticas y de ásperas palabras: por no decir que “the F Word” (como es conocida en otras latitudes) ha batido records de presencia en algunos de sus discos. Y aún así, un artista versátil puede un buen día arrepentirse de su pasado netamente carnal para convertirse en Testigo de Jehová, para no permitirse más el uso de insultos o letras donde el lenguaje soez se asimilaba más al de un malhablado proxeneta que utiliza a las mujeres como objetos.
Y es que no hay artista sin oscuridad. El psicoanálisis entiende que una forma de trabajar la locura en forma de psicosis, es a través del arte. Por eso tal vez muchos grandes artistas considerados clínicamente locos, gracias a esa locura crearon y deslumbraron. Y la locura implica oscuridad. Lo importante es como se sobrelleva, y si es en forma de “locura linda”, enhorabuena. Así vivió Prince desde su nacimiento discográfico hasta mediados de los años 90’s su fascinante locura: una tormenta creativa sin precedentes, un referente para todo el sonido negro de mediados de los 80’s, un constante homenaje a sus influencias, un playboy que atrapó a muchas de las mujeres más deseadas de aquellos años: Madonna, Sheena Easton, Kim Bassinger, Carmen Electra, etc, etc, etc. Multinstrumentista como pocos, fue capaz de componer, tocar, cantar y producir discos enteros, y era sabido que contaba en su haber con una amplia bóveda llena de canciones de su autoría que nunca habían visto la luz.
Capítulo aparte merece su batalla con la Warner Bros, que no le permitía editar todo el material que él deseaba, con múltiples consecuencias: convertir su nombre en un símbolo y mostrarse reiteradas veces con la palabra “Slave” (Esclavo) escrita en su rostro. “Emancipation” sería el nombre que daría a esa libertad en forma de álbum triple, aunque las cadenas se romperían definitivamente recién al finalizar el milenio. Evidentemente, The Artist Formerly Known As Prince (TAFKAP) no era un espíritu fácil de domar.
Tal vez el tormento más oscuro fue la conflictiva relación con Mayte García, su primer cónyuge. Fue un quiebre en su vida personal, coronada por la trágica muerte de su hijo Boy Gregory Nelson, condenado desde el nacimiento por una enfermedad degenerativa pulmonar. Los latidos del corazón de su único hijo quedarían inmortalizados en álbumes posteriores. Estos eventos desestabilizarían al gigoló de Minneapolis y muchos creen que esta marca sería determinante durante las siguientes dos décadas de su vida. Pero la genialidad nunca pudo ser sofocada. Aún quedaban por nacer destacados discos como “Musicology”, “3121” o “21 Nights”. Hasta el final siguió siendo el de siempre, a través de sus “HITnRUN”.
Un artista tan oscuro como negro, y tan brillante como oscuro; tan sufrido como todos y tan genial como pocos. Como un halo oscuro que irradia, su aura flotará mientras haya un mundo, a través de sus múltiples creaciones. Pero hubo una de ellas que nos recordará fiel y sencillamente quién fue: “My name is Prince and I am funky, my name is Prince: The one and only”.
12/07/2016
viernes, 23 de diciembre de 2016
Music Corner n° 133 - The Cure
"Staring At The Sea: The Singles" - 30 años no es nada
Si analizamos el perfil musical de The Cure en sus primeros años, estamos hablando de una banda básicamente post-punk, estilo al cual se pueden asociar otros artistas contemporáneos de la escena británica como The Damned o Siouxsie & The Banshees. Con los años el post-punk dio lugar al rock gótico con el cual es más fácil de identificar la imagen que dio fama mundial al grupo, caracterizada por peinados con abundante spray, labios saturados de rojo carmesí, ojos delineados y rostros blanqueados que se movían en ambientes tenebrosamente oscuros y algo sofocantes. Si a esto le adicionamos el espíritu festivo (aunque siempre introvertido) con que Robert Smith quiso imprimir algunas de sus canciones de principios de la década del 80, logramos el equilibrio perfectamente representado en “Staring At The Sea: The Singles”.
Compilación infaltable para todo aquel que quiera jactarse de tener una mínima noción de la producción de ésta banda, “Staring At The Sea” es un muestrario de los primeros hits de The Cure de fines de los 70’s y primer lustro de los 80´s, cuando el under inglés ya los aclamaba y USA estaba demasiado ocupada poblando los rankings de Billboard con un sonido pop más convencional para la época. Vale aclarar que la versión originalmente editada en vinilo llevaba el nombre de “Standing On A Beach” y contaba con 13 tracks, mientras que la versión que comentamos en este espacio es la editada en CD bajo el nombre de “Staring At The Sea”, y cuenta con 17 tracks. Es un lanzamiento bastante completo ya que incluye singles de sus álbumes editados, algunos hits que solo se habían editado en su extraña colección titulada “Japanese Whispers” (como “The Lovecats”, “The Walk” y “Let’s Go To Bed”, el primero de los cuales fue su primer top ten en UK), y algún sencillo no incluido en otro álbum (como “Charlotte Sometimes”). A la vieja usanza, el track list propone un orden cronológico que siempre es útil a la hora de examinar la evolución de un artista, ofreciendo una recorrida tan dispar como entretenida que abarca los tintes sombríos de “Charlotte Sometimes” u “Other Voices”, cuestiones existenciales en “Killing An Arab”, el dark wave de “A Forest”, pop electrónico en “The Walk” y “The Lovecats” (este último a ritmo de jazz), melodías irresistiblemente bailables como “In Between Days”, pesadillas infantiles de Robert Smith en “Close To Me”, y hasta un cierre a todo 80´s style con un solo de saxo tan típico de la época en “A Night Like This” (nada que envidiarle a Tina Turner o Bruce Springsteen).
Quizás valga aclarar que este no es el The Cure que conquistó todas las radios del mundo de la mano de megahits como “Just Like Heaven” o “Friday I´m In Love”, sino el más rústico y original, sin desmerecer la brillante producción que el grupo generaría en años posteriores. Es un primer acercamiento a los años más oscuros y al sonido más lúgubre que supo cultivar The Cure en ese entonces.
13/05/2016
Si analizamos el perfil musical de The Cure en sus primeros años, estamos hablando de una banda básicamente post-punk, estilo al cual se pueden asociar otros artistas contemporáneos de la escena británica como The Damned o Siouxsie & The Banshees. Con los años el post-punk dio lugar al rock gótico con el cual es más fácil de identificar la imagen que dio fama mundial al grupo, caracterizada por peinados con abundante spray, labios saturados de rojo carmesí, ojos delineados y rostros blanqueados que se movían en ambientes tenebrosamente oscuros y algo sofocantes. Si a esto le adicionamos el espíritu festivo (aunque siempre introvertido) con que Robert Smith quiso imprimir algunas de sus canciones de principios de la década del 80, logramos el equilibrio perfectamente representado en “Staring At The Sea: The Singles”.
Compilación infaltable para todo aquel que quiera jactarse de tener una mínima noción de la producción de ésta banda, “Staring At The Sea” es un muestrario de los primeros hits de The Cure de fines de los 70’s y primer lustro de los 80´s, cuando el under inglés ya los aclamaba y USA estaba demasiado ocupada poblando los rankings de Billboard con un sonido pop más convencional para la época. Vale aclarar que la versión originalmente editada en vinilo llevaba el nombre de “Standing On A Beach” y contaba con 13 tracks, mientras que la versión que comentamos en este espacio es la editada en CD bajo el nombre de “Staring At The Sea”, y cuenta con 17 tracks. Es un lanzamiento bastante completo ya que incluye singles de sus álbumes editados, algunos hits que solo se habían editado en su extraña colección titulada “Japanese Whispers” (como “The Lovecats”, “The Walk” y “Let’s Go To Bed”, el primero de los cuales fue su primer top ten en UK), y algún sencillo no incluido en otro álbum (como “Charlotte Sometimes”). A la vieja usanza, el track list propone un orden cronológico que siempre es útil a la hora de examinar la evolución de un artista, ofreciendo una recorrida tan dispar como entretenida que abarca los tintes sombríos de “Charlotte Sometimes” u “Other Voices”, cuestiones existenciales en “Killing An Arab”, el dark wave de “A Forest”, pop electrónico en “The Walk” y “The Lovecats” (este último a ritmo de jazz), melodías irresistiblemente bailables como “In Between Days”, pesadillas infantiles de Robert Smith en “Close To Me”, y hasta un cierre a todo 80´s style con un solo de saxo tan típico de la época en “A Night Like This” (nada que envidiarle a Tina Turner o Bruce Springsteen).
Quizás valga aclarar que este no es el The Cure que conquistó todas las radios del mundo de la mano de megahits como “Just Like Heaven” o “Friday I´m In Love”, sino el más rústico y original, sin desmerecer la brillante producción que el grupo generaría en años posteriores. Es un primer acercamiento a los años más oscuros y al sonido más lúgubre que supo cultivar The Cure en ese entonces.
13/05/2016
Music Corner n° 132 - David Bowie
LOS PERSONAJES DE BOWIE
Tan solo unos pocos días antes de la partida del genio, la expectativa que generaba su nueva producción mantenía al mundo de los amantes de la música en vilo. Ya habíamos contado con un primer adelanto a través del tema “Blackstar” y su video, que sorprendía por su profunda oscuridad. Que podríamos decir entonces cuando, en los primeros días de enero de 2016, accedimos al video de “Lazarus”, una suerte de despedida del astro. Y quedaba claro una cosa: un nuevo personaje había nacido. Lo conoceríamos como “Button Eyes”, y sería la última creación del maestro David Bowie.
Más atrás y para siempre (una concepción del tiempo prolongándose desde su llegada hasta el infinito) quedarían las magníficas, deslumbrantes, provocativas, insinuantes, atrevidas y exuberantes creaciones que caracterizaron la prolífera carrera del chico espacial. Como todo gran creador, usó y se usó a si mismo: se valió de recursos culturales de todo tipo, y se ofreció en cuerpo, rostro y gestos, para darle vida a los mismos. Haber sido un representante de la vanguardia musical de los años 70 es quedarnos en el punta pie inicial de la carrera del Duke Blanco. El cine, la moda y las artes en general se enriquecieron con la estela que dejó a su paso.
Todo comenzó allá por el año 1969, cuando inspirado por su primer éxito “Space Oddity”, nace su alter ego Major Tom: un astronauta que se pierde en el espacio y queda atrapado en el tiempo tras despedirse de sus seres amados. Numerosas referencias tuvo Major Tom luego en la historia, entre las que podemos destacar la mención de Elton John en su canción “Rocket Man”, o el hit N°1 de Peter Schilling en varios países europeos en 1983, “Major Tom (Coming Home)”. El mismo Bowie reviviría a Major Tom en posteriores singles como “Ashes To Ashes” y “Hallo Spaceboy”.
Algunos consideran a Hunky Dory como otro alter ego de Bowie, un personaje que destaca por su sexualidad ambigua. Femenino y sofisticado al mismo tiempo, cantaba temas que bordeaban la homosexualidad como “Oh! You Pretty Things” o la mismísima “Changes”. Toda una representación de la era de oro de Hollywood y el glamour que la representó.
En 1972 llegaría uno de sus personajes más famosos. Ziggy Stardust, un extraterrestre bisexual que mutaba en cantante y guitarrista de un movimiento rockero que arrancaría con fuerza a partir de ese momento: el Glam rock. Así dio vida a su emblemática obra conceptual “The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars”, donde adapta las obras musicales de Broadway al rock Se combinan en Ziggy Stardust elementos de ciencia ficción y del teatro kabuki, que influiría en su maquillaje de carácter andrógeno y en las pelucas al estilo de melena de león.
Con su siguiente álbum conoceríamos a Aladdin Sane (juego de palabras con “A Lad Insane”), presuntamente inspirado en su hermano esquizofrénico, y que sería una variación de Ziggy Stardust. Es tal vez su personaje más famoso, con pelo color azafrán, cejas depiladas, sombra en los parpados, cara enrojecida en un tono casi fucsia y atravesado su ojo derecho por un rayo rojo con borde azul.
Algunos años después nos traería a The Thin White Duke, caracterizado por un estilo cabaret, que vestía pantalón negro, camisa blanca y chaleco. En plena época de adicción de Bowie a la cocaína, este personaje entonaba melodías románticas pero internamente desprovisto de cualquier sentimiento. Un personaje que convivió con una época de conflicto para quien lo representaba. Poseedor de una fría elegancia, su personalidad sería ubicada como un intermedio entre Adolf Hitler y Friedrich Nietszche.
Tras su huída de Los Ángeles rumbo a Berlín en busca de desintoxicación, transcurrirían años menos excéntricos, con la vuelta ocasional de alguno de sus personajes. Bowie seguiría explorando, como siempre, desde lo musical, pero ya era tomado como un referente desde lo estético.
En 1995, con la edición de su álbum “Outside”, se convertiría en Nathan Adler, un investigador tras el asesinato de Baby Grace Blue, una joven de 14 años. Una catarata de atmósferas recorre un álbum y un personaje envueltos en una trama con una visión distópica del fin del siglo XX. Nathan Adler investigará el “Art Crime” para definir si el asesinato en cuestión se trató de arte o simplemente de otro espantoso crimen.
Todos estos fueron y seguirán siendo momentos inolvidables y que marcarán generaciones futuras. Las composiciones visuales y artísticas de David Bowie utilizaron artificios deslumbrantes, maquillajes, vestuarios y conceptos excepcionales y originales, con profundos mensajes y cuestionamientos existenciales. Vistoso hasta la extravagancia, como podemos apreciar, su legado excede con creces lo musical
26/12/2016
Tan solo unos pocos días antes de la partida del genio, la expectativa que generaba su nueva producción mantenía al mundo de los amantes de la música en vilo. Ya habíamos contado con un primer adelanto a través del tema “Blackstar” y su video, que sorprendía por su profunda oscuridad. Que podríamos decir entonces cuando, en los primeros días de enero de 2016, accedimos al video de “Lazarus”, una suerte de despedida del astro. Y quedaba claro una cosa: un nuevo personaje había nacido. Lo conoceríamos como “Button Eyes”, y sería la última creación del maestro David Bowie.
Más atrás y para siempre (una concepción del tiempo prolongándose desde su llegada hasta el infinito) quedarían las magníficas, deslumbrantes, provocativas, insinuantes, atrevidas y exuberantes creaciones que caracterizaron la prolífera carrera del chico espacial. Como todo gran creador, usó y se usó a si mismo: se valió de recursos culturales de todo tipo, y se ofreció en cuerpo, rostro y gestos, para darle vida a los mismos. Haber sido un representante de la vanguardia musical de los años 70 es quedarnos en el punta pie inicial de la carrera del Duke Blanco. El cine, la moda y las artes en general se enriquecieron con la estela que dejó a su paso.
Todo comenzó allá por el año 1969, cuando inspirado por su primer éxito “Space Oddity”, nace su alter ego Major Tom: un astronauta que se pierde en el espacio y queda atrapado en el tiempo tras despedirse de sus seres amados. Numerosas referencias tuvo Major Tom luego en la historia, entre las que podemos destacar la mención de Elton John en su canción “Rocket Man”, o el hit N°1 de Peter Schilling en varios países europeos en 1983, “Major Tom (Coming Home)”. El mismo Bowie reviviría a Major Tom en posteriores singles como “Ashes To Ashes” y “Hallo Spaceboy”.
Algunos consideran a Hunky Dory como otro alter ego de Bowie, un personaje que destaca por su sexualidad ambigua. Femenino y sofisticado al mismo tiempo, cantaba temas que bordeaban la homosexualidad como “Oh! You Pretty Things” o la mismísima “Changes”. Toda una representación de la era de oro de Hollywood y el glamour que la representó.
En 1972 llegaría uno de sus personajes más famosos. Ziggy Stardust, un extraterrestre bisexual que mutaba en cantante y guitarrista de un movimiento rockero que arrancaría con fuerza a partir de ese momento: el Glam rock. Así dio vida a su emblemática obra conceptual “The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars”, donde adapta las obras musicales de Broadway al rock Se combinan en Ziggy Stardust elementos de ciencia ficción y del teatro kabuki, que influiría en su maquillaje de carácter andrógeno y en las pelucas al estilo de melena de león.
Con su siguiente álbum conoceríamos a Aladdin Sane (juego de palabras con “A Lad Insane”), presuntamente inspirado en su hermano esquizofrénico, y que sería una variación de Ziggy Stardust. Es tal vez su personaje más famoso, con pelo color azafrán, cejas depiladas, sombra en los parpados, cara enrojecida en un tono casi fucsia y atravesado su ojo derecho por un rayo rojo con borde azul.
Algunos años después nos traería a The Thin White Duke, caracterizado por un estilo cabaret, que vestía pantalón negro, camisa blanca y chaleco. En plena época de adicción de Bowie a la cocaína, este personaje entonaba melodías románticas pero internamente desprovisto de cualquier sentimiento. Un personaje que convivió con una época de conflicto para quien lo representaba. Poseedor de una fría elegancia, su personalidad sería ubicada como un intermedio entre Adolf Hitler y Friedrich Nietszche.
Tras su huída de Los Ángeles rumbo a Berlín en busca de desintoxicación, transcurrirían años menos excéntricos, con la vuelta ocasional de alguno de sus personajes. Bowie seguiría explorando, como siempre, desde lo musical, pero ya era tomado como un referente desde lo estético.
En 1995, con la edición de su álbum “Outside”, se convertiría en Nathan Adler, un investigador tras el asesinato de Baby Grace Blue, una joven de 14 años. Una catarata de atmósferas recorre un álbum y un personaje envueltos en una trama con una visión distópica del fin del siglo XX. Nathan Adler investigará el “Art Crime” para definir si el asesinato en cuestión se trató de arte o simplemente de otro espantoso crimen.
Todos estos fueron y seguirán siendo momentos inolvidables y que marcarán generaciones futuras. Las composiciones visuales y artísticas de David Bowie utilizaron artificios deslumbrantes, maquillajes, vestuarios y conceptos excepcionales y originales, con profundos mensajes y cuestionamientos existenciales. Vistoso hasta la extravagancia, como podemos apreciar, su legado excede con creces lo musical
26/12/2016
martes, 20 de diciembre de 2016
Music Corner n° 131 - David Gilmour en Buenos Aires, 18/12/15
EL REY DAVID LLEGA AL HIPODROMO
Todo era una locura. Habíamos salido 3 horas antes del show, pero parecía que por primera vez en mi vida iba a llegar tarde a un recital... ¿y justo tendría que ser éste? La ruta Panamericana era un manicomio, y la salida que nos conducía al Hipódromo de San Isidro estaba atestada de automóviles que circulaban a paso de hombre. Por un momento nos miramos con mi amigo que conducía con resignación: poco importaba en ese momento el elevado importe de esas entradas que habíamos adquirido con tanta anticipación. La tiranía del embotellamiento no respetaba fanatismos ni horarios. Fue nuestra primera alarma de la que sería la peor organización de un show que alguna vez hubiera visto. Quiso el destino que entráramos a tiempo (evitemos detalles sobre donde fue arrojado el vehículo, lo que debimos correr para llegar, y el caos de encontrar una butaca): benditos sean aquellos 35 minutos de demora de inicio del espectáculo que el Rey David nos otorgó. Todo era una locura. Habíamos salido 3 horas antes del show, pero parecía que por primera vez en mi vida iba a llegar tarde a un recital... ¿y justo tendría que ser éste? La ruta Panamericana era un manicomio, y la salida que nos conducía al Hipódromo de San Isidro estaba atestada de automóviles que circulaban a paso de hombre. Por un momento nos miramos con mi amigo que conducía con resignación: poco importaba en ese momento el elevado importe de esas entradas que habíamos adquirido con tanta anticipación. La tiranía del embotellamiento no respetaba fanatismos ni horarios. Fue nuestra primera alarma de la que sería la peor organización de un show que alguna vez hubiera visto. Quiso el destino que entráramos a tiempo (evitemos detalles sobre donde fue arrojado el vehículo, lo que debimos correr para llegar, y el caos de encontrar una butaca): benditos sean aquellos 35 minutos de demora de inicio del espectáculo que el Rey David nos otorgó.
El canoso hombre de negro apareció para calmar las ansias de un público que siempre extrañó su ausencia, y dijo presente con los primeros punteos de su Fender, para dar vida a “5 A.M.”, pieza de apertura de su último lanzamiento “Rattle That Lock”, alrededor del cual giró la mayor parte de su tan ansiado debut en Argentina. Poco necesitábamos para que un escalofrío de placer nos recorriera el cuerpo y se nos enjugaran los ojos de emoción. No tardó en sonar el caballito de batalla que da nombre al último disco, y que está muy bien colocado en esta instancia que podríamos denominar de warm up. Porque lo mejor estaba por llegar, pero con mucha paciencia. Un tema más del mencionado álbum dejó a la audiencia a punto caramelo para lo que sería el primer golpe fuerte de la noche: “Wish You Were Here”, himno para el que Gilmour se hizo de una guitarra acústica y transmitió su primer momento de calidez hacia el público local. En sintonía con la intimidad que acababa de imponerse, fue acertado introducir la steel guitar en lo que me gusta denominar como un nuevo “Us And Them” recientemente salido del horno: “A Boat Lies Waiting”, una belleza para la cual Guy Pratt se trasladó al contrabajo por primera vez en la noche. Continuó así alternando entre el nuevo material y clásicos de Floyd como “Money”, el mismísimo “Us And Them”, y “High Hopes” para cerrar el primer set, tras el cual se impuso un descanso de 15 minutos.
El regreso al escenario no fue para tibios: un momento plagado de psicodelia traspolada de las épocas del Floyd de Syd Barrett, donde nuevamente obtuvo relieve el montaje de luces que respaldó todo el show, y que en el tema siguiente (“Shine On You Crazy Diamond”, que hizo delirar a la audiencia) volvió a mostrar imágenes de videos de la icónica banda en el marco de la pantalla circular que supo usar en históricas giras pasadas. La melancolía abrió paso a la calidez, que volvió a hacerse presente con clásicos como “Coming Back to Life” y que logró un buen pico con la jazzera “The Girl In The Yellow Dress” del último disco del casi septuagenario guitarrista. Pero en seguida retornamos al Gilmour más clásico a través de la floydesca “Today”, puente hacia el dignísimo cierre del segundo set con las impecables “Sorrow” y “Run Like Hell”, donde Pratt hizo las veces de Roger Waters.
Más satisfechos que Willy Wonka en su fábrica de chocolates, no podíamos menos que engolosinarnos con la exigencia de un cierre a puro clásico. Y así fue: los bises nos regalaron 3 himnos legendarios. El público esperaba esa saturación de relojes y despertadores característica del comienzo de “Time”, y allí estuvo, seguida por ese otro infaltable de “The Dark Side of The Moon” que es “Breathe”. Y el cierre y despedida, inmejorable, con un Rey David inspiradísimo que nos regaló una versión de “Comfortably Numb” con un extenso y emotivo solo de guitarra de película, para que aproximadamente 60.000 personas se vayan llorando de alegría a casa (y se olviden de la espantosa organización). Gracias por tanto, maestro, y por favor, no esperes otra eternidad para volver!
23/01/2016
Todo era una locura. Habíamos salido 3 horas antes del show, pero parecía que por primera vez en mi vida iba a llegar tarde a un recital... ¿y justo tendría que ser éste? La ruta Panamericana era un manicomio, y la salida que nos conducía al Hipódromo de San Isidro estaba atestada de automóviles que circulaban a paso de hombre. Por un momento nos miramos con mi amigo que conducía con resignación: poco importaba en ese momento el elevado importe de esas entradas que habíamos adquirido con tanta anticipación. La tiranía del embotellamiento no respetaba fanatismos ni horarios. Fue nuestra primera alarma de la que sería la peor organización de un show que alguna vez hubiera visto. Quiso el destino que entráramos a tiempo (evitemos detalles sobre donde fue arrojado el vehículo, lo que debimos correr para llegar, y el caos de encontrar una butaca): benditos sean aquellos 35 minutos de demora de inicio del espectáculo que el Rey David nos otorgó. Todo era una locura. Habíamos salido 3 horas antes del show, pero parecía que por primera vez en mi vida iba a llegar tarde a un recital... ¿y justo tendría que ser éste? La ruta Panamericana era un manicomio, y la salida que nos conducía al Hipódromo de San Isidro estaba atestada de automóviles que circulaban a paso de hombre. Por un momento nos miramos con mi amigo que conducía con resignación: poco importaba en ese momento el elevado importe de esas entradas que habíamos adquirido con tanta anticipación. La tiranía del embotellamiento no respetaba fanatismos ni horarios. Fue nuestra primera alarma de la que sería la peor organización de un show que alguna vez hubiera visto. Quiso el destino que entráramos a tiempo (evitemos detalles sobre donde fue arrojado el vehículo, lo que debimos correr para llegar, y el caos de encontrar una butaca): benditos sean aquellos 35 minutos de demora de inicio del espectáculo que el Rey David nos otorgó.
El canoso hombre de negro apareció para calmar las ansias de un público que siempre extrañó su ausencia, y dijo presente con los primeros punteos de su Fender, para dar vida a “5 A.M.”, pieza de apertura de su último lanzamiento “Rattle That Lock”, alrededor del cual giró la mayor parte de su tan ansiado debut en Argentina. Poco necesitábamos para que un escalofrío de placer nos recorriera el cuerpo y se nos enjugaran los ojos de emoción. No tardó en sonar el caballito de batalla que da nombre al último disco, y que está muy bien colocado en esta instancia que podríamos denominar de warm up. Porque lo mejor estaba por llegar, pero con mucha paciencia. Un tema más del mencionado álbum dejó a la audiencia a punto caramelo para lo que sería el primer golpe fuerte de la noche: “Wish You Were Here”, himno para el que Gilmour se hizo de una guitarra acústica y transmitió su primer momento de calidez hacia el público local. En sintonía con la intimidad que acababa de imponerse, fue acertado introducir la steel guitar en lo que me gusta denominar como un nuevo “Us And Them” recientemente salido del horno: “A Boat Lies Waiting”, una belleza para la cual Guy Pratt se trasladó al contrabajo por primera vez en la noche. Continuó así alternando entre el nuevo material y clásicos de Floyd como “Money”, el mismísimo “Us And Them”, y “High Hopes” para cerrar el primer set, tras el cual se impuso un descanso de 15 minutos.
El regreso al escenario no fue para tibios: un momento plagado de psicodelia traspolada de las épocas del Floyd de Syd Barrett, donde nuevamente obtuvo relieve el montaje de luces que respaldó todo el show, y que en el tema siguiente (“Shine On You Crazy Diamond”, que hizo delirar a la audiencia) volvió a mostrar imágenes de videos de la icónica banda en el marco de la pantalla circular que supo usar en históricas giras pasadas. La melancolía abrió paso a la calidez, que volvió a hacerse presente con clásicos como “Coming Back to Life” y que logró un buen pico con la jazzera “The Girl In The Yellow Dress” del último disco del casi septuagenario guitarrista. Pero en seguida retornamos al Gilmour más clásico a través de la floydesca “Today”, puente hacia el dignísimo cierre del segundo set con las impecables “Sorrow” y “Run Like Hell”, donde Pratt hizo las veces de Roger Waters.
Más satisfechos que Willy Wonka en su fábrica de chocolates, no podíamos menos que engolosinarnos con la exigencia de un cierre a puro clásico. Y así fue: los bises nos regalaron 3 himnos legendarios. El público esperaba esa saturación de relojes y despertadores característica del comienzo de “Time”, y allí estuvo, seguida por ese otro infaltable de “The Dark Side of The Moon” que es “Breathe”. Y el cierre y despedida, inmejorable, con un Rey David inspiradísimo que nos regaló una versión de “Comfortably Numb” con un extenso y emotivo solo de guitarra de película, para que aproximadamente 60.000 personas se vayan llorando de alegría a casa (y se olviden de la espantosa organización). Gracias por tanto, maestro, y por favor, no esperes otra eternidad para volver!
23/01/2016
Music Corner n° 130 - Black Grape
"It's Great When You're Straight... Yeah!", 20 años después
En las postrimerías de la fiesta “madchesteriana”, Shaun Ryder y Bez no parecían más que despojos irrecuperables de su adicción a cuanta droga diera vuelta por ahí. Sin embargo, el mundo quedaría sorprendido cuando tres años después de la separación de Happy Mondays, regresaron bajo el nombre de Black Grape con el aclamado “It’s Great When You’re Straight… Yeah”, un álbum exitoso en todo sentido.
A través de distintas canciones pegadizas que se suceden a lo largo de sus jugosos 46 minutos y monedas, Shaun y su nueva banda le dieron una vuelta de tuerca al britpop reinante en aquellos años y a la misma imagen de su anterior banda, tomando elementos básicos de “Pills n’ Thrills and Bellyaches” para llevarlos a una exquisita madurez. El álbum va generando una tensión in crescendo que explota desde los primeros acordes y con la hipnótica armónica de “Reverend Black Grape”, pero parece no tener fin. Explotando un espacio que busca en todo momento ubicarse entre el hip hop y el dance alternativo de su época, el segundo single “In The Name of The Father” nos posee con su ritmo infeccioso y su estribillo ganchero. El disco continúa mostrando un crisol de estilos donde rap, soul, pop y house se mezclan con total naturalidad, consiguiendo un resultado tan lisérgico como las mentes de los integrantes de Black Grape y el arte que lo recubre: una imagen “warholizada” de El Chacal como cover, reiterada en forma serial en su interior. Pero si bien con solo los dos primeros temas ya estábamos en condiciones de subirnos arriba de un parlante y dispuestos a bailar toda la noche mientras pedimos a los gritos una impostergable botellita de agua mineral, esto sería solo el comienzo. “Tramazi Party” nos reacomoda plácidamente en las alturas y nos prepara para el momento de alto jolgorio y desenfreno del disco: “Kelly’s Heroes”, uno de los momentos más altos en la carrera del buen Shaun, inspirada en la setentosa película protagonizada por Clint Eastwood y Telly Savalas, al igual que su video donde nuestros inspirados músicos juegan el papel de una exitosa (¿?) banda de delincuentes. Lo que nos deposita gentilmente en “Yeah Yeah Brother” y nos permite bajar un cambio recién en el track 6, “A Big Day In The North”. Relajen tan solo unos minutos, muchachos, porque con “Shake Well Before Opening” volvemos a acidificarnos y mover todo el cuerpo como si esto recién empezara. Entramos así en el último tramo de este placentero trip que no llegará a los picos que ya nos ha regalado, pero que nos mantendrá sacudiendo la cabeza en forma complaciente con otra sorpresita como “Shake Your Money Maker”, para cerrar bien arriba con otro delirio de ganchos, canticos fiesteros y un festival de instrumentos de viento llamado “Little Bob”.
La ópera prima de Black Grape fue un suceso comercial que llegó al tope de las listas británicas, y despertó el interés de los críticos sobre como evolucionaría la banda. Lamentablemente, su siguiente álbum “Stupid, Stupid, Stupid” no sonaría más que como una extensión de su predecesor. ¿Pero quien nos quita lo bailado? Si tuviera que identificar este disco con una imagen, sería la de un inglés pasado de alcohol en la barra de un irish pub, levantando una pinta de refrescante honey beer frente a sus amigos y proclamando a los cuatro vientos: “It’s Great When You’re Straight… Yeah!!!!!”.
04/11/2015
En las postrimerías de la fiesta “madchesteriana”, Shaun Ryder y Bez no parecían más que despojos irrecuperables de su adicción a cuanta droga diera vuelta por ahí. Sin embargo, el mundo quedaría sorprendido cuando tres años después de la separación de Happy Mondays, regresaron bajo el nombre de Black Grape con el aclamado “It’s Great When You’re Straight… Yeah”, un álbum exitoso en todo sentido.
A través de distintas canciones pegadizas que se suceden a lo largo de sus jugosos 46 minutos y monedas, Shaun y su nueva banda le dieron una vuelta de tuerca al britpop reinante en aquellos años y a la misma imagen de su anterior banda, tomando elementos básicos de “Pills n’ Thrills and Bellyaches” para llevarlos a una exquisita madurez. El álbum va generando una tensión in crescendo que explota desde los primeros acordes y con la hipnótica armónica de “Reverend Black Grape”, pero parece no tener fin. Explotando un espacio que busca en todo momento ubicarse entre el hip hop y el dance alternativo de su época, el segundo single “In The Name of The Father” nos posee con su ritmo infeccioso y su estribillo ganchero. El disco continúa mostrando un crisol de estilos donde rap, soul, pop y house se mezclan con total naturalidad, consiguiendo un resultado tan lisérgico como las mentes de los integrantes de Black Grape y el arte que lo recubre: una imagen “warholizada” de El Chacal como cover, reiterada en forma serial en su interior. Pero si bien con solo los dos primeros temas ya estábamos en condiciones de subirnos arriba de un parlante y dispuestos a bailar toda la noche mientras pedimos a los gritos una impostergable botellita de agua mineral, esto sería solo el comienzo. “Tramazi Party” nos reacomoda plácidamente en las alturas y nos prepara para el momento de alto jolgorio y desenfreno del disco: “Kelly’s Heroes”, uno de los momentos más altos en la carrera del buen Shaun, inspirada en la setentosa película protagonizada por Clint Eastwood y Telly Savalas, al igual que su video donde nuestros inspirados músicos juegan el papel de una exitosa (¿?) banda de delincuentes. Lo que nos deposita gentilmente en “Yeah Yeah Brother” y nos permite bajar un cambio recién en el track 6, “A Big Day In The North”. Relajen tan solo unos minutos, muchachos, porque con “Shake Well Before Opening” volvemos a acidificarnos y mover todo el cuerpo como si esto recién empezara. Entramos así en el último tramo de este placentero trip que no llegará a los picos que ya nos ha regalado, pero que nos mantendrá sacudiendo la cabeza en forma complaciente con otra sorpresita como “Shake Your Money Maker”, para cerrar bien arriba con otro delirio de ganchos, canticos fiesteros y un festival de instrumentos de viento llamado “Little Bob”.
La ópera prima de Black Grape fue un suceso comercial que llegó al tope de las listas británicas, y despertó el interés de los críticos sobre como evolucionaría la banda. Lamentablemente, su siguiente álbum “Stupid, Stupid, Stupid” no sonaría más que como una extensión de su predecesor. ¿Pero quien nos quita lo bailado? Si tuviera que identificar este disco con una imagen, sería la de un inglés pasado de alcohol en la barra de un irish pub, levantando una pinta de refrescante honey beer frente a sus amigos y proclamando a los cuatro vientos: “It’s Great When You’re Straight… Yeah!!!!!”.
04/11/2015
martes, 27 de septiembre de 2011
Music Corner nº 129 - Red Hot Chili Peppers
Recuerden las calificaciones: 5A Maravilloso, 1A Defectuoso
RED HOT CHILI PEPPERS - “I’M WITH YOU” (2011)
Calificación: AAA
“Queremos a los Chili Peppers! Queremos a los Chili Peppers!” gritaba Barney Gómez en un viejo capítulo de Los Simpson. Y es cierto: queríamos a los Chili Peppers! Cinco años pasaron desde “Stadium Arcadium” (al finalizar la gira de dicho álbum, Flea se fue a estudiar teoría musical a la Universidad de Southern California, Chad grabó y se fue de gira con Chickenfood y Anthony se dedicó a su proyecto autobiográfico) y hacía falta nuevo material de estudio. Sabíamos que los resultados podían ser ambivalentes tras la partida de John Frusciante, quien fue reemplazado por Josh Klinghoffer, segunda guitarra durante el Stadium Arcadium Tour (el título del álbum, “I’m With You”, sería una idea suya).
Esta segunda partida de Frusciante no tuvo los mismos resultados que la anterior: contrariamente a lo que sucedió en su momento con Dave Navarro, en este caso el grupo se aferró más a sus raíces y logró un álbum que alguno podría describir como “en piloto automático”, pero otros podemos entender como un álbum más maduro. Algo lógico para una banda que va por su décimo disco de estudio. RHCP no es solo Frusciante, y además, tiene en Flea uno de los mejores bajistas del rock contemporáneo, que en este álbum también toca el piano (fruto de sus estudios ya mencionados) en temas como “Even You Brutus?” o “Happiness Loves Company”. Rick Rubin (gurú del rap y el heavy metal, considerado “el 5º Pepper") es nuevamente el productor en “I’m With You”, y la idea original era sacar un disco doble como “Stadium Arcadium” aunque finalmente se optó por el disco simple. Tal vez esa sea la razón por la cual se haya elegido una calidad homogénea de temas, habiendo material de sobra. El disco tiene sus picos en temas como “Factory Of Faith”, “The Adventures Of Rain Dance Maggie” (excelente primer corte), “Look Around” o “Dance, Dance, Dance”. Lo más característico Pepper se encuentra en temas como “Ethiopia” (con su pegadizo deletreo; un homenaje de Flea y Josh tras su viaje a dicho país) o “Annie Wants A Baby”, para que nadie se sienta defraudado. Como siempre, letras frescas pero con contenido social.
“I’m With You” es un disco agradable, llevadero, simpático, con bastante energía por momentos, por lo que cumple su objetivo de retorno. Eso si, no descartemos en el futuro un regreso de Frusciante, que bien podría significar un nuevo “Californication” ;)
Para consultar sobre este álbum u otros recomendados en Music Corner:
alex_bretto@yahoo.co.uk
25/09/2011
RED HOT CHILI PEPPERS - “I’M WITH YOU” (2011)
Calificación: AAA
“Queremos a los Chili Peppers! Queremos a los Chili Peppers!” gritaba Barney Gómez en un viejo capítulo de Los Simpson. Y es cierto: queríamos a los Chili Peppers! Cinco años pasaron desde “Stadium Arcadium” (al finalizar la gira de dicho álbum, Flea se fue a estudiar teoría musical a la Universidad de Southern California, Chad grabó y se fue de gira con Chickenfood y Anthony se dedicó a su proyecto autobiográfico) y hacía falta nuevo material de estudio. Sabíamos que los resultados podían ser ambivalentes tras la partida de John Frusciante, quien fue reemplazado por Josh Klinghoffer, segunda guitarra durante el Stadium Arcadium Tour (el título del álbum, “I’m With You”, sería una idea suya). Esta segunda partida de Frusciante no tuvo los mismos resultados que la anterior: contrariamente a lo que sucedió en su momento con Dave Navarro, en este caso el grupo se aferró más a sus raíces y logró un álbum que alguno podría describir como “en piloto automático”, pero otros podemos entender como un álbum más maduro. Algo lógico para una banda que va por su décimo disco de estudio. RHCP no es solo Frusciante, y además, tiene en Flea uno de los mejores bajistas del rock contemporáneo, que en este álbum también toca el piano (fruto de sus estudios ya mencionados) en temas como “Even You Brutus?” o “Happiness Loves Company”. Rick Rubin (gurú del rap y el heavy metal, considerado “el 5º Pepper") es nuevamente el productor en “I’m With You”, y la idea original era sacar un disco doble como “Stadium Arcadium” aunque finalmente se optó por el disco simple. Tal vez esa sea la razón por la cual se haya elegido una calidad homogénea de temas, habiendo material de sobra. El disco tiene sus picos en temas como “Factory Of Faith”, “The Adventures Of Rain Dance Maggie” (excelente primer corte), “Look Around” o “Dance, Dance, Dance”. Lo más característico Pepper se encuentra en temas como “Ethiopia” (con su pegadizo deletreo; un homenaje de Flea y Josh tras su viaje a dicho país) o “Annie Wants A Baby”, para que nadie se sienta defraudado. Como siempre, letras frescas pero con contenido social.
“I’m With You” es un disco agradable, llevadero, simpático, con bastante energía por momentos, por lo que cumple su objetivo de retorno. Eso si, no descartemos en el futuro un regreso de Frusciante, que bien podría significar un nuevo “Californication” ;)
Para consultar sobre este álbum u otros recomendados en Music Corner:
alex_bretto@yahoo.co.uk
25/09/2011
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