miércoles, 30 de agosto de 2017

Music Corner n° 153 - Muse

LA ULTIMA GRAN BANDA DE ROCK

Supermasivos llegaron a ser, a todos sorprendieron y tuvieron con qué hacerlo. Una banda que alcanza popularidad en plena intrascendencia globalista del nuevo milenio y lo logra ejecutando un rock indie/alternativo que por momentos rinde tributo a la música progresiva que tanto supo enriquecer los años 70 salpicándola con pasajes de rock espacial y electrónica, algo debe aportar. La evolución de Muse es digna de ser destacada. Hay bandas que hacen siempre lo mismo: algunas de ellas son criticadas por eso, y curiosamente otras son alabadas por la misma razón. El verdadero desafío consiste en crecer profesionalmente, darse el lujo de reflejar ese avance en cada nueva producción, y para colmo recibir con el tiempo la aprobación de cada vez más público alrededor del mundo.

Se conserva aún la furia propia de sus primeros EP’s y de “Showbiz” (1999), y pese a los años transcurridos algunos himnos como “Unintended” o “Uno” no pierden vigencia ni dejan de ser momentos tremendamente festejados al ser revividos en un show. Contemporáneo de una época donde la adolescencia se sufría como un desgarro de soledad y perspectivas oscuras ante un futuro incierto, su segundo álbum “Origin Of Symmetry” (2001) profundizó el camino de un estilo lírico que fácilmente podría identificarse con la movida Emo que por aquellos años sabía incorporar cada vez más jóvenes a sus filas. Sin embargo, la melancolía y oscuridad que supo imprimir Matt Bellamy a sus composiciones distan de estar emparentadas exclusivamente a una tribu urbana. Con el transcurrir de los años y los discos, sobrevinieron tres obras maestras: “Absolution” (2003), “Black Holes And Revelations” (2006) y “The Resistance” (2009), donde los límites de cada integrante en particular y de la banda en su conjunto parecen expandirse hasta lo inimaginable. Así quedaría plasmado en su placa en vivo “HAARP” (2008). Inalterables en su esencia, sus dos últimos lanzamientos “The 2nd Law” (2012) y “Drones” (2015) supieron mantener el nivel alcanzado previamente.

Y es que Muse ha sabido plasmar influencias de una forma tan natural como excelsa, y procesarlas de un modo exquisito para instaurar así un sonido que hoy podemos considerar propio. Nunca olvidaré la primera vez que escuché al maravilloso trío de Teignmouth: fue en febrero del año 2000. En aquellas épocas existía en una radio FM una repetidora de la BBC de Londres que solía hacer un repaso del British Chart de la semana y mencionaba algunos nuevos lanzamientos. Allí fue donde presentaron a Muse y ni bien oí los pianos introductorios de “Sunburn” (el primer tema que escuché de Muse en mi vida) supe al instante que se trataba de algo distinto, y promediando el tema estaba convencido de que estaba ante la presencia de los nuevos Radiohead. Matt Bellamy comenzó a tocar el piano a los 6 años y la guitara a los 11. En cuanto al piano, el influjo de Sergei Rachmaninoff y de otros compositores clásicos del romanticismo (Chopin, Liszt) se percibe en múltiples pasajes a lo largo de su carrera, desde “Space Dementia” (2001), pasando por “I Belong To You” (2009) y hasta “Explorers” (2012), entre tantos otros ejemplos. La habilidad con que Bellamy maneja la guitarra merece un capítulo aparte, siendo reconocido por medios especializados como uno de los mejores guitarristas de los últimos 15 años. Adicionemos a estas cualidades la del rango vocal de un tenor (incluidos sus famosos vibratos y falsetes) y la excentricidad de un frontman excepcional.

Habiendo hecho un paneo de lo que a la cuestión musical refiere, el otro factor descomunal en la holística de Muse es la temática de sus letras. El clamor constante por la libertad, el libre albedrío, la necesidad de romper las cadenas de un sistema autoritario que nos engaña y nos deglute, y una constante denuncia contra las teorías conspirativas. Odas contra la corrupción y el deseo del ardor eterno para quienes la ejercen en “Take A Bow”, proclamaciones de victoria contra el control imperante y la opresión en “Uprising”, llamados de atención sobre el tiempo para emanciparnos que está llegando a su fin en “Supremacy”. Solo ejemplos de la impronta que Muse transmite desde sus creaciones. Canciones introspectivas que reflejan la soledad, insignificancia y alienación del individuo y las dificultades de las relaciones humanas, fueron más propias de los primeros tiempos, para tornar con posterioridad hacia la política, las guerras catastróficas y el Apocalipsis. La influencia de la obra de George Orwell (por ejemplo, en “Citizen Erased” o “Resistance”) se hace constantemente presente ante la disyuntiva opresión/levantamiento, y el lavado de cerebros como herramienta del poder. “Kill yourself, come on and do us all a favour”, le pedimos a todos los psicópatas del mundo en la canción “Animals”.

Casi dejamos a propósito para el final la mención de un detalle: los compañeros de ruta de Matt Bellamy son Chris Wolstenholme (bajo, teclados y voz) y Dominic Howard (batería y percusión). Si bien la gran mayoría de las composiciones corresponden a Bellamy, sus compadres han sabido dar el toque justo para convertir a Muse en la banda que es hoy, gracias a su particular capacidad interpretativa y virtuosismo. Los tres recibieron el reconocimiento por su trabajo en el campo de la música en el año 2008: la Universidad de Plymouth nombró Doctor Honoris Causa a cada uno de ellos. ¿Premio exagerado? Así lo consideraron los beneficiarios, mas algunos creemos que no lo es.

De este modo llegamos a una actualidad con mucho futuro. Recientemente editado el single “Dig Down”, una suerte de “Madness” reciclada cuyo objetivo es contrarrestar la negatividad brindando optimismo y esperanza, se anticipa un nuevo álbum para el 2018. Demasiado tiempo para los fans. Necesitamos más poesía paranoica, arrogante y densa musicalizada con deslumbrantes arpegios, arreglos orquestales finos y riffs apasionados dentro de monumentales sinfonías posmodernas. Esperemos ser bendecidos con otra obra de categoría, y por qué no, con otra gira que nos incluya en su itinerario.

viernes, 21 de julio de 2017

Music Corner n° 152 - Guns n' Roses

"UN PARAISO ATEMPORAL"

Siempre había sido un niño pop pero mis pequeños oídos guardaban cierta simpatía por el metal, o por lo que a modo general se colocara en la gran bolsa del metal. Los años 80´s habían ofrecido un interminable bagaje de bandas de muchachos carilindos con peinados que abusaban del spray y se excedían de maquillaje. Eran las épocas donde las chicas miraban con desconfianza a bandas como Whitesnake o Def Leppard, pero caían enamoradas ante cualquier balada que entonaran estos pelilargos. Uno se hacía entonces a cierta idea de cómo debía “pintar” una bandita metalera en los años en que Bon Jovi dominaba comercialmente dicha escena.

Pero llegaron estos chicos algo distintos. Recuerdo que en mi primer viaje a Miami en febrero de 1988, fanático del Top 40 Americano, obtenía fácilmente en los kioscos algo que en Argentina tanto había que patear para conseguir: la revista Billboard. Botín en mano, me subí al auto de mis viejos y la hojeaba con apetito (aún no por la destrucción), hasta que llegué a la contratapa y vi… a estos chicos. Algo distintos. De hecho, me chocaron un poquitito, y pensé “¿Quiénes son estos???? Están hechos mie***!!!!”. Era la publicidad de “Appetite For Destruction”, y no sabía que estaba viendo el primer indicio de algo que en pocas semanas me iba a partir la cabeza.

Estos chicos eran Steven Adler, Duff McKagan, Saul Hudson (más conocido como Slash), y los fundadores del grupo Izzy Stradlin y Axl Rose. Obtendrían fama mundial como Guns n’Roses, banda que se había formado en 1985 en Los Angeles, California, con ex miembros de otras dos bandas: L.A.Guns y Hollywood Rose. Estos chicos también habían seguido el camino marcado por Bonjo en un principio… aunque solo a nivel imagen. El primer video que MTV difundió había sido “Welcome To The Jungle”, con un Axl Rose más maquillado y con el pelo rubio y más inflado que Alex, el león de Madagascar. Claro, solo eso, porque musicalmente, “Welcome To The Jungle” tenía más energía que 20 “Living On A Prayer” juntos. Eran definitivamente más sucios que lo mainstream de aquella época y menos aptos para la cima de los charts que muchachos como los de Poison o Warrant. Traían una imagen más mugrosa, callejera y sin maquillaje, características de lo que se conocería como sleaze rock. Pero tranquilos, iban a llegar.

En momentos donde la pelota del #1 en USA se pasaba de Rick Astley a Michael Jackson o de Debbie Gibson a George Michael, “Sweet Child O’Mine” alcanzó la cima. Fue en septiembre de 1988, durante dos semanas, y se convertiría en un clásico para toda la eternidad. Mientras esto sucedía, Axl Rose y su banda hacían lo que toda verdadera banda de rock debe hacer: quilombo a mansalva. Durante sus giras con The Cult y posteriormente con Mötley Crue, Slash destruyó una habitación de hotel en Dallas, Axl se arrojó del escenario para trompearse con un guardia de seguridad en Los Angeles, Steven y Duff fueron expulsados tras una pelea en un bar en Michigan, y por supuesto, los problemas con alcohol y drogas eran una constante. Pero nada de esto detenía el ascenso de Guns n’ Roses, cuya siguiente gira sería con el mítico Alice Cooper.

La razón primordial de semejante éxito era que “Appetite”, el álbum debut de la banda, era uno de los mejores álbumes no solo de ese año, sino de la década en lo que a hard rock refiere. Lo curioso es que el éxito masivo llegó más de un año después de la salida de la placa, que había sido editada el 21 de julio de 1987. El primer single “It’s So Easy” fue el anticipo, publicado en junio de ese año, y “Welcome To The Jungle” salió en octubre, pero ambos pasaron desapercibidos en los charts (“Welcome” sería reeditado con éxito un año más tarde). Aun así, las canciones de “Appetite” calaron hondo y hoy en día son conocidas casi en su mayoría por rockeros de todo el mundo. Las letras trataban sobre disconformidad social, problemas con la ley y por supuesto, alcohol, drogas y mujeres. Como “Nightrain”, un himno a un vino barato que solían beber cuando no había otra cosa. O “Out Ta Get Me”, sobre la rivalidad de Axl con la justicia durante su adolescencia. O “Mr Brownstone” que describe los problemas de la banda con la heroína. Y por supuesto, existen muchas anécdotas divertidas alrededor de la composición de algunos temas, como la de “Paradise City”. Slash cuenta que dicha canción fue escrita en una camioneta alquilada para una gira mientras bebían, y Axl súbitamente cantó “Take me down to the Paradise City”, lo que Slash continuó con un muy gracioso “Where the girls are fat and they got big titties”, línea que posteriormente fue cambiada por la que hoy en día todos conocemos: “Where the grass is green and the girls are pretty”.

La idiosincrasia de aquella época hizo que, en apariencia, los Guns se vieran como una banda de vagos esmerados en romper con la corrección política y permanentemente se metieran en dificultades y conflictos más allá de sus excesos provocados por sustancias y cuestiones de personalidad. Pareció una característica de su forma de proceder el lograr el escándalo o la prohibición. Por ejemplo, desde el cover mismo del álbum, que originalmente mostraba la imagen de una mujer que acababa de ser violada por un robot monstruoso. Dicha tapa fue cambiada por la posteriormente conocida que mostraba la cruz latina y las calaveras que representaban a los 5 miembros de la banda. Por supuesto, dicha portada no pudo evitar verse adornada por el tan conocido sello de “Parental Advisory/Explicit Content”.

El álbum supo plasmar las influencias de bandas como Led Zeppelin o Aerosmith, y mezcló elementos del hard rock con el glam y el heavy metal. Gracias a la popularidad de este álbum, muchas bandas de garage rock se formarían y algunas otras alcanzarían el éxito, como L.A.Guns (rebooteada), Skid Row o Faster Pussycat, hasta que el grunge y el indie rock llegarían con dureza implacable para arrebatar el trono a toda esta movida. Por su lado, Guns n’ Roses viviría tiempos de gloria y vendería con los años más de 150 millones de discos en todo el mundo. “Appetite For Destruction” cumple 30 años este mes de julio, y aunque pasen las décadas, los clásicos quedan. Como un ideal, como un sueño: una ciudad Paraíso en la que el tiempo no transcurre.

lunes, 10 de julio de 2017

Music Corner n° 151 - The Prodigy

"The Fat of The Land": The Right Beat!

1997 fue un gran año para la música. Se descargaban los últimos efectivos cartuchos de la explosión brit pop, la movida electrónica francesa estaba en su apogeo, y el mundo abría los ojos a “The Fat of The Land”, el tercer disco de The Prodigy. Disco que vino precedido por dos singles demoledores que llevaban las expectativas del futuro álbum a niveles demasiado elevados y difíciles de alcanzar.

Me anoticié del fenómeno Prodigy cuando MTV empezó a dar en alta rotación el video de “Firestarter”, editado en marzo de 1996 como primer single adelanto del próximo álbum al que aún le faltaba más de un año para llegar al mundo. “Firestarter” trepó rápidamente al #1 en Inglaterra y fue hit en toda Europa, pero distaba años luz de ser el hit convencional que llega a la cima gracias a un riff o una melodía ganchera. Se trataba en cambio de un techno/rave-rock furioso donde Keith Flynt aullaba como un punk desatado, un video oscuro y una temática piromaníaca. En noviembre de 1996 saldría el siguiente corte, “Breathe”, que también llegó al n° 1: más big beat del bueno que estuvo en boga a mediados de los 90’s, y otro video oscuro y alucinógeno con Keith y Maxim cada vez más delirantes.

Gracias a esto, los Brit Awards del 24 de febrero de 1997 no fueron indiferentes con The Prodigy: tanto “Firestarter” como “Breathe” fueron nominados en la categoría Best British Video (e injustamente derrotados por las Spice Girls) y levantaron el premio a Best British Dance Act, venciendo en dicha categoría a los mismísimos Chemical Brothers y a Underworld. No es pavada. Digamos que estaba todo excelentemente perfilado para que el álbum fuera lanzado exitosamente. Justo para ese momento, la banda fue uno de los números más destacados del festival de Glastonbury de ese año junto a Radiohead.

El 30 de junio de 1997 finalmente se edita en el Reino Unido “The Fat of The Land”. Era el más puro big beat que representaba una oda al hardcore techno con elementos de rock industrial y punk, aunque por la imagen del grupo sería más bien ciberpunk. Contenía además el que sería el polémico tercer single “Smack My Bitch Up”, que generó todo tipo de crítica negativa de organizaciones como la National Organization for Women por su letra supuestamente misógina y promotora de la violencia hacia las mujeres (letra que solamente repite la frase “Change my pitch up, smack my bitch up”), así como su video también despertó controversia y llegó a ser prohibido por la BBC y restringido en MTV. Lo cierto es que “Smack My Bitch Up” es un dance track irresistible que inició una suerte de culto, y abría la placa de la mejor manera posible. El segundo track era el ya archiconocido hitazo “Breathe”; en tercer y cuarto lugar llega el atractivo funky hip-hop de “Diesel Power” y “Funky Shit” como momento aparentemente calmo, volviendo a dispararse toda la contundencia visceral en “Serial Thrilla”, otro pasaje tan efectivo como “Smack MBU” que deja asentado que la intención del grupo es no dejarnos bajar de ese estrato. Y no lo hace en ningún momento, porque la segunda mitad del disco puede resultar menos enardecida pero de igual calidad, y de todos modos contiene energía concentrada en la ya conocida “Firestarter”, la envolvente “Climbatize” que es imposible de reprimir a la hora de sacudir pies o cabezas, y el cierre a todo trapo con la arrolladora y rabiosa “Fuel My Fire”.

“The Fat of The Land” no solo fue #1 en Inglaterra, sino también en la mayoría de los países europeos, y además en Estados Unidos y en Australia. En los Brit Awards de 1998 fue nominado a mejor álbum del año y mejor grupo, y en los Grammys también recibió una nominación. Más allá de todas estas distinciones, lo importante es su legado. Un disco demoledor, impactante, arrasador, con un vigor que solo habían logrado en aquellos años artistas como The Chemical Brothers o Propellerheads, pero con ese toque punk que estos por entonces referentes de la electrónica no poseían ni buscaban. El electropunk de “The Fat of The Land” es ni más ni menos que un placentero hachazo a la cabeza. Y como tal será recordado: como una obra maestra de su género.

lunes, 26 de junio de 2017

Music Corner n° 150 - Sigur Rós

UN BUEN COMIENZO

La primera vez que escribí sobre “Ágaetis Byrjun” fue allá lejos y hace tiempo, en el año 2000: un álbum que habiendo visto la luz a pocos meses de finalizar el milenio, podía considerarse uno de los mejores de su década. El primer corte, “Sven-g-englar”, fue reconocido por New Musical Express como single de la semana, un logro supremo para un tema totalmente cantado en islandés. Descubría entonces a Sigur Rós en sus albores como una revelación digna de seguir monitoreada.

Contrariamente a lo que acabó sucediendo, no auguré para ellos un gran nivel de popularidad: si, así de buenos eran, y así de poco comerciales. No parecían el típico producto objeto del sampleo de algún DJ de turno, ni por su música ni por los pasos que daban. Pocos artistas se animarían a titular un álbum “()”, poblarlo con canciones sin título y para colmo cantarlas en un dialecto creado por ellos mismos llamado “vonlenska” que invita al oyente a interpretar su propio significado. No después de haber logrado el reconocimiento mundial… o si. Pero es un suicidio al que pocos sobreviven. Aunque también supieron flirtear ligeramente con el pop con el lanzamiento de “Með suð í eyrum við spilum endalaust” (“Con un zumbido en los oídos tocamos eternamente”) en 2008, donde continuaron experimentando con sonidos acústicos e inéditos como “Gobbledigook” (con reminiscencias a nuestro folklore y acompañado de un llamativo video con desnudos en un bosque) y donde por primera vez presentaron un tema en inglés.

Musicalmente etérea y minimalista, la producción de Sigur Rós se caracteriza por climas nebulosos a veces seguidos por explosiones orquestales que pueden ir creciendo a medida que transcurren. Tal es el caso de clásicos de la banda como “Olsen Olsen” o “Festival”, que supo cerrar magistralmente la película “127 Hours”. Poco importa a esta altura el constante falsete de Jónsi, aunque reconozcamos que no es fácil para oídos bisoños: no es traición reconocer que cada vez que escucho “Salka” (tema de apertura de “Hvarf”) me imagino por momentos a un gato maullando sentado en una banqueta frente a un micrófono. Pero es ese particular registro de agudos que lo hace capaz de mantener una nota elevada durante una eternidad lo que nos conduce a un trance constante cada vez que lo escuchamos: sin esa voz hermafrodita no sería lo mismo. Solo sirenas de mundo real como Elizabeth Fraser han logrado esos niveles de emotividad. Imposible dejar de recomendar la obra solista de Jónsi, “Go” (2010). Curioso que se haya convertido en el cantante por accidente: ningún otro miembro de la banda quiso hacerlo.

Desde aquellos parajes lejanos y agrestes aunque melancólicos, Sigur Rós supo hacer carne las mismas sensaciones de su tierra natal y transmitirlas a través de su música. Ha medida que la banda fue desarrollando un mayor estado de autoconocimiento, el resultado se tradujo en la sencillez y perfección con la que encaja cada tema a lo largo de sus discos. Es flotante y sobrenatural el manto de guitarras que sabe atraparnos por momentos, y su sonido oceánico está supeditado a perfectas melodías que se zambullen en una emoción abstraída en el ahora, el aquí, el caos. Este sonido es en parte creado por la característica que imprimió Jónsi a su guitarra al tocarla con un arco de cello. Ritmos lentos e hipnóticos se sumergen en múltiples capas ambientales que conforman temas habitualmente largos y atmosféricos. Ideal para disfrutar con parlantes holofónicos.

Por último y para resaltar: traspasar la barrera de su idioma al punto de cantar en un dialecto inventado no ha sido un logro menor. Muchos escuchamos Sigur Rós porque nos gusta como suena, pero difícilmente (al menos yo) podremos entonar sus canciones como si se tratara de una banda pop. Desde esta afirmación podemos interpretar que estamos hablando de la voz como un instrumento más, que aún así nos deja boquiabiertos y con la piel erizada en más de una ocasión, sin entender lo que dice (si es que dice algo). “Ágaetis Byrjun”, aun siendo el segundo disco del grupo, significa “Un buen comienzo”. Habría que encontrar la forma en islandés (o en vonlenska) para decir “Una gran evolución”.

viernes, 16 de junio de 2017

Music Corner n° 149 - Radiohead

A 20 años del lanzamiento de "OK Computer"

ALGO MAS QUE UN MOMENTO EN LA HISTORIA

Tengo un amigo con el que solemos afirmar que el 90% de los artistas son solo un disco, un momento, un hito histórico a veces, donde los astros se alinearon y el artista logró dar lo mejor de sí y un poco más, justo en el único instante en que el mundo estaba listo para recibir su obra maestra. “The Bends”, siguiendo este concepto, era el momento de Radiohead en la historia. Es un disco increíble, atrapante y desgarrador. Confieso que “Pablo Honey” no me había movido tanto en su conjunto, más allá de la ineludible devoción que debí rendirle a “Creep”. Pero “The Bends”… era el punto culmine, la gloria.

Fue así que en los Brit Awards 1996, Radiohead fue nominado en las principales categorías, incluyendo Best British Album y Best British Group. Lamentablemente, la Oasismanía devoraba todo a su paso en aquel momento, y Radiohead no fue la excepción. Pero mientras Oasis y Blur parecían haber llegado al tope de su popularidad y sobre todo de su crecimiento creativo (aunque Damon Albarn demostraría más tarde que aún tenía muchas ideas por revelar), Radiohead silenciosamente iba a pegar un salto de calidad que sorprendería al mundo entero.

Hacia el fall de 1995, la banda entró a estudios para dar a luz al primer tema de su próxima producción. Se trataba del tema “Lucky”, cuyo demo nació durante los conciertos en Japón de la gira de “The Bends”. La canción sería el primer adelanto de lo que vendría, y se lanzó como parte de “The Help Album”, un disco compilatorio que recolectó fondos para la tragedia humanitaria que se vivía ese año en Bosnia. El resultado final sorprendió a los mismos miembros de la banda, que la consideraron por entonces la canción más fuerte que habían escrito hasta ese momento.

Recién volverían a estudios en julio de 1996, cuando con la colaboración de Nigel Godrich (hasta entonces poco conocido como productor) comenzarían lentamente a dar forma a “OK Computer”. Godrich había sabido dar una nueva orientación al sonido de Radiohead cuando trabajó con ellos en dos temas del EP “My Irong Lung” y en el mencionado “Lucky”. El resultado de esta primera etapa de trabajo serían 4 temas, entre los que estaría el futuro single “No Surprises” además de “Subterranean Homesick Alien”, “Electioneering” y “The Tourist”. Se tomaron un break para oficiar de teloneros de Alanis Morrissette, que en ese momento la estaba rompiendo en Norteamérica. Entre las nuevas canciones que experimentaron en esa gira, había una en particular que por entonces duraba 14 minutos pero que fue mutando hasta convertirse en algo más parecido a la versión que finalmente se conocería en el futuro álbum… bajo el nombre de “Paranoid Android”. A partir de septiembre de 1996 la banda retomó el trabajo de composición, ensayo y grabación en otro lugar: una mansión rural en Somerset. Algunas partes serían posteriormente grabadas en Abbey Road a comienzos de 1997, y allí mismo se llevaría a cabo la masterización. Todo estaría listo en breve.

Pero cuando la discográfica escuchó el producto final, las expectativas cayeron en un pozo al igual que las estimaciones de ventas. No por la soberbia calidad del nuevo material, sino por el erróneo análisis comercial que se hacía. Todos esperaban “Creep” segunda parte, o al menos no algo tan oscuro y terrorífico. Pero ¿era eso lo que debía esperarse de Radiohead? Hubiera sido una visión muy corta. Las atmósferas logradas eran densas y las letras mucho más abstractas que “The Bends”, y eso preocupaba. Encima, el tema elegido como primer corte, “Paranoid Android”, era demasiado largo como single y no contaba con un estribillo ganchero. No era nada apto para la difusión radial, y de hecho, tuvo poca. Aun así, tras ser lanzado el 26 de mayo de 1997, llegó al #3 del chart y se convirtió en la más alta posición para un single de Radiohead. Finalmente el álbum fue lanzado el 16 de junio en Inglaterra y el 1° de julio en USA. La crítica lo alabó desde el primer momento en Inglaterra, desde medios como NME, Melody Maker o Q. Pero aún mejor, del otro lado del Atlántico: Rolling Stone y Spin entre otros hablaron maravillas. Y no era para menos: estábamos descubriendo uno de los mejores álbumes de la década del 90. El éxito comercial fue apabullante y el álbum debutó en el #1 del ranking inglés, permaneciendo en el Top 10 por semanas.

Tal vez haciendo honor a su nombre, “OK Computer” fue un disco que supo procesar múltiples y variadas influencias, combinándolas para generar novedosas estructuras de canción y un nuevo sonido que sirvió de referencia para muchos artistas hacia fines de los 90’s e inicios del nuevo milenio. Tomando elementos de la electrónica en boga y del ambient, ligándolos de alguna forma a los resabios de un rock progresivo y el indie rock en el que el grupo supo forjar sus inicios, el resultado era un sonido avant garde tan poco ortodoxo que de alguna forma chocó con el mismo rock alternativo de la época y por supuesto, se mofó a carcajadas del brit pop reinante para dar lugar a un nuevo formato dentro del brit rock.

Más que el legado que pudo haber dejado un álbum, tuvo que ver con un momento en la historia en el que Radiohead representó la vanguardia, y esta posibilidad de experimentar obteniendo tal reconocimiento, sirvió de base para el surgimiento de una camada de nuevos grupos entre los que podemos destacar a Muse o Snow Patrol, así como cantantes fuertemente influenciados por Thom Yorke como es el caso de Francis Healy (Travis) o Tom Chaplin (Keane). Por lo que dicho momento, trascendió. No en vano NME consideró en 2014 a Radiohead como la banda más influyente de la industria musical.

martes, 30 de mayo de 2017

Music Corner n° 148 - The Charlatans

"TELLIN' STORIES": De Madchester al Brit Pop

El 22 de julio de 1996, a los 33 años, muere en un accidente de auto el tecladista y miembro original de The Charlatans Rob Collins. La sorpresiva muerte, que dejó pasmados a sus colegas y amigos, sucedió unas semanas antes de la histórica presentación de Oasis en Knebworth, donde los Charlatans serían uno de los artistas teloneros. Liam Gallagher dedicaría el tema “Cast No Shadow” a Rob en dicho concierto. Antes de partir, Rob había comenzado a grabar las partes de teclado y órgano de lo que sería el quinto álbum de su banda.

Asimilando el golpe con rapidez, The Charlatans continuaría trabajando en el estudio para cumplir con los tiempos previstos, y ya en agosto de ese año llegaría “One To Another”, primer corte adelanto de la nueva producción. La exposición recibida en esos meses sumado al innegable punch del single que incluía un loop de batería realizado por Tom Rowlands (The Chemical Brothers), lo convertirían en #3 en Inglaterra y pasaría a ser el sencillo que más alto rankeó en la historia de la banda. Inmejorable situación que les permitió tomarse el tiempo necesario para la reorganización y finalización del trabajo en estudio. Rob fue temporalmente reemplazado por Martin Duffy, tecladista de Felt en los 80’s, y que en ese momento ya tocaba con Primal Scream.

El segundo adelanto de lo que vendría fue “North Country Boy”, que también fue un éxito Top 5 en Inglaterra y al igual que “One To Another”, fue #1 en Escocia. Finalmente “Tellin’s Stories” sería editado el 21 de abril de 1997. El disco tuvo una recepción excelente y llegó al número 1 del UK chart, como ya lo habían logrado antes sus álbumes “Some Friendly” y “The Charlatans”, solo que “Tellin’ Stories” certificó platino y fue su producción más vendida hasta la actualidad. El sonido neo psicodélico que Rob Collins había logrado imprimir en producciones anteriores continuaba vivo, más notoriamente en tracks como “Get On It” u “Only Teethin” que eran fieles al sonido Madchester que supo darles notoriedad. Pero la banda había logrado mimetizarse bien con la movida brit pop en auge y este disco sonaba fresco y apto para un nuevo público más orientado al rock alternativo.

Animándose a jugar con un perfil más acústico por momentos florecen temas como “You’re A Big Girl Now”, pero la electrónica no deja de estar presente a través de beats mecanizados en temas como “Area 51”. Como bien dijimos, los temas que sonaban más actuales y que mejor representaban la adaptación de The Charlatans al sonido mainstream británico de 1997 (dominado por Radiohead y Oasis) eran los pasajes más rockeros de la placa. El tercer corte “How High” era el típico hit de manual de aquellos años, potenciado por el aporte que un artista experimentado en las mieles del acid rock puede ofrecer, al igual que la ya mencionada “One To Another” o la perfecta apertura con “With No Shoes”, para obtener el punto óptimo de equilibrio en el tema más logrado: el que da nombre al disco. Como no podía ser de otro modo, el cierre del álbum se trata de un track instrumental co compuesto por todos los miembros del grupo incluido Rob Collins, llamado a modo de homenaje “Rob’s Theme”.

Sería el último disco bajo contrato con Beggars Banquet, ya que el siguiente trabajo “Us And Us Only” ya sería firmado con Universal Records. Una nueva etapa había comenzado. Pero 20 años más tarde, “Tellin’ Stories” se ha convertido en un clásico del indie rock.

martes, 23 de mayo de 2017

Music Corner n° 147 - Depeche Mode

"Canciones de dolor y agradecimiento"

Hacía mucho que no veía a Dave en aquellos años, y cuando lo volví a ver lo noté, básicamente, destruido. Y no es que no supiera que Dave la había estado pasando muy mal (o muy bien) con determinados consumos en exceso, pero una cosa es leerlo y otra es verlo. Así de variados fueron los sentimientos que me invadieron cuando aprecié por primera vez el video de “Barrel Of A Gun”, primer single adelanto del que sería el regreso de Depeche Mode tras el monumental “Songs Of Faith And Devotion”. No por nada sería un álbum íntegramente compuesto por Martin Gore, algo que por lo visto solo puede ser una garantía de excelencia. Aun así, no es un tema menor el alcoholismo que transitaba Martin, ni la etapa depresiva por la que pasaba Andy Fletcher. Todas estas experiencias personales enriquecerían la música y las letras de “Ultra”.

Como tantas otras veces en la historia, la prensa hizo en 1996 un vaticinio donde le erró de acá a la China. La predicción (o pifie descomunal) era que tras la salida de Alan Wilder, el fin de Depeche Mode era inevitable. Si a eso sumamos la mencionada adicción de Dave Gahan a la heroína, tal vez no era tan descabellado: fue ese el verdadero motivo que llevó a Gore y a Fletcher a considerar la expulsión de su cantante, lo que hubiera derivado en “Ultra” como un álbum solista de Martin Gore. Hoy en día resulta irónico pensar en semejante posibilidad, viendo lo precisión con la que Depeche reagrupó sus piezas como trío, y los años de vida activa que le sucedieron a la partida de Wilder, llegando al día de hoy (2017) con un novísimo lanzamiento (“Spirit”) para reafirmar su vigencia.

Dejando atrás todas estas anécdotas, “Ultra” nos coloca frente a una de las producciones más logradas de la banda. El álbum abre precisamente con la mencionada “Barrel Of A Gun”, inspirada en una experiencia límite padecida por Dave. En mayo de 1996, producto de una sobredosis, Gahan estuvo clínicamente muerto durante dos minutos antes de ser revivido por paramédicos. La oscuridad de este primer corte sería un anticipo de los estados por los que nos conduciría el disco: “What do you expect from me? What is it you want? Whatever you planned for me I´m not the one” canta Dave comenzando la estrofa dulcemente pero terminándola con una voz que entremezcla furia y desidia. La oscuridad del Depeche más industrial de antaño regresaba pero recargado. La sensación de dejadez y negligencia se vuelve a poner de manifiesto en “It’s No Good”, segundo corte en cuyo video Dave representa una suerte de proxeneta y juerguista que vive cada noche como si fuera la última y se desempeña como un artista de bajo nivel cantando en tugurios de cuarta categoría. Aun así, toda esta locura no deja de sangrar belleza sonora por donde se la escuche.

En busca de algún tipo de redención, la pluma y la maestría de Gore se manifiestan a través de canciones como “The Love Thieves” o “Sister Of Night”. El primero es una oda a aquellos para los que el amor representa un desafío ante el cual fracasan constantemente pero aún así no dejan de intentarlo. Casi un homenaje a “La inutilidad de la existencia y la necesidad del eterno retorno” de Friedrich Nietzsche, donde todo lo vivido ha de repetirse hasta la eternidad pero siempre regresa de un modo diferente. Uno de los dos temas junto a “Freestate” con una musicalización más volcada a lo acústico y en detrimento de lo electrónico (que no desaparece) con el fin, tal vez, de conectar más desde lo humano. En cambio, lejos del alternative folk, “Sister Of Pain” vuelve a la base electrónica con batería cargada, en una tribulación prácticamente dedicada a un ser sobrenatural a quien se eleva una plegaria suplicando protección y sanación. En resumen, el leit motiv de todo el álbum.

En un disco de temas largos, probablemente los interludios instrumentales como “Uselink” o “Jazz Thieves” sirvan para alivianar todo el dolor y la angustia que sobrevuelan sobre cada paso de este recorrido. El otro gran paleativo es la voz con la que nos acaricia Martin Gore en dos temas estratégicamente colocados en el track list. Uno es “The Bottom Line”, regocijante metáfora fantástica donde el propósito final parece ser plantear el amor como aquella línea de fondo hacia donde todo se dirige y todo acaba inexorablemente. Y el otro es el mejor tema del álbum, la conmovedora balada “Home”. Si un tema resume a la perfección el agradecimiento a que este disco se haya hecho realidad contra todos los obstáculos, es este: “And I thank you for bringing me here, for showing me home, for singing these tears. Finally I’ve found that I belong here”. Aquel que conociendo la historia de este disco no se le escape una lágrima ante este himno a la gratitud tan finamente orquestado, será un insensible sin remedio.

“Ultra” debutó en el #1 del ranking inglés, en el #5 del Billboard 200, y es considerado por la crítica como uno de los mejores álbumes de Depeche Mode, tanto desde lo musical como desde lo lírico. Ningún aplauso será más sentido que el de los fans, que recibieron el disco con los brazos abiertos y adoraron la ultra-introspección que el ahora devenido trío supo manifestar en un disco excelente y por momentos salpicado de genialidad.